domingo, 27 de noviembre de 2011

Tesoros universales.

Hoy la dueña de esta casa está feliz porque a ella ha llegado la noticia de que la UNESCO ha declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad a los Mariachis y al Fado, dos de mis músicas favoritas.

Felicidades México.

Felicidades Portugal.

A ambos países gracias por los buenos momentos que su música me ha regalado a lo largo de estos años.

martes, 22 de noviembre de 2011

En su día…

A los que cantantes, a los cantores, a los cantarines bajo la ducha, a los guitarristas y a los guitarreros, a los que fueron al conservatorio y a los que aprendieron de oído, a los poetas que crean las letras y los que con siete notas crean la melodía, a los que la escuchan , a los que la sienten, a los que la aman, al pentagrama y sus claves, a todos los instrumentos, a quienes mantienen el folklore y a quienes crean nuevos ritmos, a quienes defienden lo clásico y a quienes lo fusionan con lo moderno,  a quienes no pueden dominar sus pies cuando la oyen y a quienes se paralizan ante su belleza, a quienes la difunden y a quienes la disfrutan en solitario.

Pero sobre todo a los que me regalaron los corridos, rancheras y huapangos mexicanos, las chacareras, las zambas, el Tango, las cuecas, el blues, el jazz, la música clásica,  el bolero, el son cubano, el valsecito criollo…

A todos ellos ellos, porque hoy es el día de Santa Cecilia, patrona de la música, ¡FELIZ DIA!

Ahí les va un mariachi que me vuelve loquita.

lunes, 21 de noviembre de 2011

SOS Librería Agora de Palma

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Todos aquellos que hemos cruzado la puerta de la librería Agora de Palma sabemos que lo primero que atrae de ella no son los libros sino la sonrisa franca y la ternura de su propietaria, Ramona Pérez. Quien entra la primera vez en Agora vuelve. Y vuelve porque acaba de encontrar una LIBRERA y una amiga. Ramona es ternura, dulzura, cultura, sabiduría. Conversar con ella te hace desear que el reloj no avance, que el tiempo se detenga para poder disfrutarla más y más.

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Ramona, abrió la Librería Agora en 2005 y consiguió a base de esfuerzo e ilusión convertirla en un referente cultural de la isla. Por su librería han pasado editores, traductores, escritores, poetas, músicos, cuentacuentos, ha organizado talleres, conciertos, conferencias… Por su gran labor en apuesta por la cultura en el año 2008 recibió una merecida mención en los premios Librero Cultural que otorga la Confederación de Gremios y Asociaciones de Libreros en colaboración con la Dirección General de Libro, Archivos y Bibliotecas.

El próximo día 30 de noviembre, Ramona, tiene que cerrar su, nuestra, librería. Estos malditos tiempos que corren actúan con crueldad y no perdonan.

Se me parte el alma en mil pedazos, no me parece justo que el esfuerzo, la ilusión y el trabajo bien hecho y hecho con amor no tenga su merecida recompensa.

Doy mil vueltas a la cabeza a ver si se me ocurre una idea que pueda ayudar a Ramona a mantener su negocio vivo pero no encuentro respuesta. Sé que los demás clientes también andan estrujándose los sesos para encontrar una solución. No perdemos la ilusión de que esto sólo sea un mal sueño.

Desde esta humilde morada pido ayuda urgente. Por favor, si alguien cree tener una idea de cómo mantener las puertas de Agora abiertas su idea será bienvenida.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cuentos del otro lugar – Jose María Merino.

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Descubrí a Jose María Merino gracias a la insistencia de una persona maravillosa, una amiga estupenda que conocí en un foro amigo de lectura y a la que nunca podré dar las gracias por su recomendación porque un día se tuvo que ir dejando una enorme tristeza y un cálido recuerdo entre los que la queríamos.

Wara, amante de los cuentos y autora de muchos, sabiendo que a mí también me gustan, insistió tanto en que leyera los de Merino que no me quedó otro remedio. Así adquirí “Cuentos del otro lugar”, un gordito volumen que recoge los cuentos publicados por Merino desde 1982 hasta 2004. El libro contiene en total cinco libros del autor publicados entre estos años:

- Cuentos del reino secreto.

- El viajero perdido.

- Cuentos del barrio del refugio.

- Cinco cuentos y una fábula.

- Cuentos de los días raros.

Es increíble lo que he llegado a disfrutar con su lectura. Una vez leí que alguien decía que los libros de cuentos no se deben leer “del tirón”. Puede ser, no lo discuto, pero quien tenga entre manos un libro de cuentos de Jose María Merino se dará cuenta de que, una vez empiezas, es imposible parar. En cuanto acabas uno, quieres otro, y otro, y otro….

La narración de Merino me ha recordado a aquellos cuentos e historias que contaba mi abuela con tanto detalle que me tenía embelesada y expectante de principio a fin. Cuentos que unen en perfecta armonía el realismo, la tradición, y la fantasía. Una mezcla de Doña Emilia Pardo Bazán y Edgar Alan Poe. Cuentos enigmáticos, sorprendentes, misteriosos y, a menudo, inesperados gracias a un perfecto uso del elemento sorpresa. Su lectura ha sido una delicia, un placer, una evasión.

A lo largo de estos días, mientras leía alguno de los cuentos, he pensado varias veces que, si fuese maestra (me gusta más este término que el de profesora), este es el tipo de libro que recomendaría a mis alumnos para meterles en el cuerpo el “gusanillo” de la lectura. Sería una apuesta segura.

Buscando información del autor por esos mundos virtuales, he leído que también ha escrito novela y poesía. ¡¡¡Uhhhmmmm!!! Ya estoy saboreándolo.

viernes, 28 de octubre de 2011

La vuelta al cole en los 70 – II Parte.

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Como por aquel entonces mi madre aún no tenía permiso de conducir, si había que ir Santander, se iba por la tarde, después de comer ya que papá no podía llevarnos por la mañana porque trabajaba. Siempre comprábamos los libros en la librería Estudio que fue mi primera librería y, durante muchos años mi única librería hasta que descubrí la, hoy desaparecida, librería Hispano Argentina. En la librería había que hacer una cola kilométrica para comprar los libros porque todos los padres de la provincia se ponían de acuerdo para comprarlos el mismo día. Cuando, llegaba el “¡al fin nos toca!” se le daba la lista al dependiente y éste se giraba y empezaba a coger un libro de cada montón que tenía previamente preparado detrás de él. Los ponía encima del mostrador y hacía un repaso con la lista para asegurarse de que no faltaba ninguno, entonces mi madre pagaba y nos íbamos a la sección papelería para hacer otra cola igual de kilométrica que la de los libros pero que avanzaba al paso del caracol.

A mi esta cola me gustaba mucho más porque me permitía disfrutar sin prisas de algo que me encantaba: mirar todas esas estanterías llenas de lápices de colores, cajitas de acuarelas, gomas de borrar, bolígrafos, papeles, sobres, cuadernos y muchísimas cosas más todas ellas de mil formas y colores. La zona de papelería de la librería Estudio era, y sigue siendo, un auténtico paraíso. Busques lo que busques está allí.

Cuando llegaba nuestro turno, nos acercábamos al mostrador y comprábamos los cuadernos, los rollos de forro plástico para proteger los libros y la cinta adhesiva transparente para pegar el forro.

A pesar de todo lo que había para escoger nuestras madres lo tenían claro y no daban opción: los cuadernos eran de cuadro o de rayas, con tapa lisa dura o blanda, las pinturas la de Alpino que pintaban igual que las otras pero eran mucho más baratas, el forro en rollos de cinco metros transparente sin dibujitos ni tonterías… Vamos, madres prácticas, auténticas economistas de sus casas que, como decía mi abuela, “afeitaban un huevo al aire y hacían una peluca”. A nosotros nos daba igual, total a los pocos meses de curso ya cada uno había decorado sus pertenencias dándolas un toque personal único a base de pegatinas, fotos su cantante favorito, fragmentos de poemas escritos en colores, el dibujo de algún compañero artista que te decoraba lo que quisieses, algún corazón atravesado por una flecha con el nombre del que sería el amor de tu vida…. Si nuestras carteras, carpetas, pinturas y demás utensilios eran nuevos o no o si tenían o no una marca determinada nos importaba un rábano.

Pero lo mejor, lo mejor del día era cuando llegábamos a casa, sacábamos todo de las bolsas y lo poníamos encima de la mesa de la cocina. En ese mismo instante con ayuda de mis padres empezaba a forrar los libros. Era una tarea que siempre me gustó. Sentir el tacto y el olor de los libros nuevos, extender el forro y poner un libro encima para calcular la medida exacta (se aprovechaba hasta el último centímetro), cortar con cuidado el forro deslizando las hojas de las tijeras con un movimiento rápido y seguro para que no se torciese, pegar el forro primero a las tapas por dentro y luego, una vez fijo, hacer un pequeño corte en el sobrante que había encima del lomo, doblar las esquinas y acabar de pegarlo. Escribía mi nombre en la primera página, en la esquina inferior, a la derecha, y listo.

Pasados los años, cuando ya no necesitaba la ayuda de mis padres para hacerlo, me gustaba forrar los libros a solas en la mesa de estudio de mi habitación. Era un momento muy íntimo, muy mío y de mis libros. Nadie más cabía en esa relación. En casa lo sabían y nunca nadie osó interrumpir esa tarea.

Cuadro: Mujer escribiendo (Pablo Picasso)

miércoles, 26 de octubre de 2011

La vuelta al cole en los 70 – I Parte.

Cada año, unos días antes del comienzo del curso escolar, mi madre revolucionaba nuestras habitaciones porque tenía que hacer revisión de todo el material escolar y ropa del año anterior para ver qué estaba en buen estado y no era necesario comprar o, por el contrario, qué necesitaba ser repuesto. Y la inspección se hacía a fondo porque, en aquellos años, a nadie se le pasaba por la cabeza que había que comenzar el curso con todo el material nuevecito. Los más afortunados, como yo que era la mayor, estrenábamos libros pero si eras el segundo, como mi hermano Manolo, estabas perdido porque los heredabas. No tengo que explicar lo que estrenaba Oscar, el tercero, los zapatos y porque con el “estirón” le habían crecido los pies.

A pesar de ser la mayor, nunca fui una niña que estrenase muchas cosas:

El uniforme, que por cierto me le hacía mi madre que para eso era modista y haciéndole ella salía más barato, me duraba tres o cuatro cursos porque mi madre, al coserle le dejaba por dentro dos metros de tela en las costuras que se iban descosiendo y adaptando cada año sacando los centímetros necesarios. Un buen toque de plancha dejaba la falda como nueva. Solía ser necesario reponer un par de jerséis y de camisas, los zapatos no porque aquellos horribles y pesados “Gorilas” duraban toda la vida. No es broma, yo tuve unos que luego heredaron otras dos primas. Haga cuentas de los años.

Como siempre fui una niña muy cuidadosa con las cosas, tampoco había que hacer grandes gastos de material escolar. Yo usaba un estuche doble, de esos que al abrirle tenía en una tapa los lápices de colores, en la otra los rotuladores y en el medio una pestaña en la que se colocaban por un lado un bolígrafo rojo, otro azul, un lápiz, goma de borrar y sacapuntas, una tijera que no cortaba ni el papel y una pequeña regla de esas con las que se podía no sólo hacer líneas rectas sino también letras y números muy chulos. En el lado opuesto de esa pestaña había una escuadra, un cartabón y un transportador de ángulos. Una preciosidad que cuando lo abría dejaba escapar un aroma inconfundible a madera, tinta y goma. Cuando mi madre pasaba revisión a mi estuche siempre sonreía porque, la mayoría de los años, apenas había que reponer nada si acaso la goma de borrar de la que ya sólo quedaba un cachito y el lápiz y uno de los bolígrafos que ya estaban a punto de agotarse.

Estuche

La cartera, en mi época los niños no teníamos problemas de espalda y llevábamos los libros a pulso, estaba fabricada con un material irrompible y, como mucho, lo único que necesitaba era una pasadita con un trapo húmedo, luego se ponía un rato en la ventana para que se secase y… lista para aguantar otro año más.

Los diccionarios a los que con el paso de los años y el uso, a veces, se les despegaban un poco las tapas, los arreglaba mi madre con mucha maña y un poco de pegamento “Supergén”. Y recuerdo un año que se me había roto un poco una carpeta de esas de cartón duro que se cerraban con dos elásticos y mi madre me hizo un remiendo precioso con una tela de colores. Quedó chulísima y original. A mi madre siempre se le dieron muy bien las manualidades.

Y, por fin, llegaba el momento en que mi madre decía la frase mágica: “pasado mañana vamos a Santander a comprar los libros”.

jueves, 20 de octubre de 2011

Gracias a mi prima.

Soy la segunda de una tanda de veintidós primos. Por encima de mí está mi prima Marian que es tres años mayor. Cuando Marian acabó el instituto, decidió que quería seguir la tradición familiar: estudiaría odontología. Por aquellos tiempos en España se empezaba la carrera a los dieciocho años y, con especialidad y mucha suerte, se terminaba cerca de la edad de jubilarse así que, aprovechando que su economía familiar era algo más que solvente, se fue a cursar la carrera a Buenos Aires.

Todos los años por Navidad regresaba a casa para pasar las vacaciones en familia. Recuerdo que cuando su madre, mi tía, nos anunciaba "la semana que viene llega Marian" yo daba saltos de alegría. Independientemente del deseo de volver a verla y que me contase cosas de allá, la llegada de mi prima suponía dos cosas:

La primera que traía aquellas preciosas cajitas rojas, decoradas con unas muñecas rusas, de chocolate en rama de Bariloche. La primera vez que probé esas ramitas comenzó una de mis adicciones confesables. ¡Qué delicia! De verdad que intentaba que me durasen pero era imposible en una tarde sólo quedaba la caja.

Queda como anécdota en la familia que, cuando acabó la carrera, mientras todos la felicitaban a mí sólo se me ocurrió decir: ¡Se jodió el chocolate!

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La segunda cosa que esperaba con los brazos abiertos eran esos libritos de tiras cómicas del humorista Fernando Sendra cuyo formato y estilo me recordaban a mi siempre amada Mafalda. Eran las historias de "Yo Matías". Las ilustraciones no son tan elaboradas como las del maestro Quino, son de trazos sencillos, casi infantiles, pero muy expresivos. Las viñetas reflejan las reflexiones, pensamientos, sentimientos y sentencias de un niño pequeñito que vive con su madre y que tiene como mascota un perro que es una botella. Matías es pura ternura e ironía.

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De esto hace ya la friolera de casi 28 años´y bien pensé que nunca más volvería a disfrutar ni de las ramitas de chocolate ni de Matías (he intentado mil veces que mi prima me regalase los suyos, he llegado incluso usar las artes del vil chantaje, pero la muy egoísta nos los suelta ni borracha) pero, cosas del destino y la emigración hace tres años, encontré en internet la distribuidora en España de "Yo Matías" y, a través de mi librería, conseguí los cuatro libros que se han editado de momento aquí.

Como si fuese mi día de suerte, esa misma tarde, entré en una franquicia argentina MDQ a comprar unos sandwichitos de miga para cenar y en el expositor descubrí una preciosa caja roja,  con unas muñequitas rusas en la tapa, de chocolate en rama de Bariloche.

Guardo mis "Yo Matías" como si de incunables se tratase. En cuanto al chocolate en rama de vez en cuando me doy unos atracones  que, hasta yo me doy miedo.