Mi primer tocadiscos me le regaló el hermano de mi madre, que era navegante. En uno de sus viajes me le compró como regalo de cumpleaños. ¡Anda que no ha llovido! Por aquellos tiempos una servidora lucía hermosas trenzas, leotardos de cuello alto y aquellos malditos zapatos Gorila que eran incombustibles y por eso gustaban tanto a las madres. Y feos, muy feos. Horribles.
A lo que iba, el tocadiscos.
Era uno de aquellos tocadiscos que se cerraban y parecían una maleta. Cuando le abrías, el altavoz (uno solo, lo del estéreo es de mucho más p'acá) estaba integrado en la tapa y en lo que sería la base estaba el plato con su brazo. Había que cambiarle las agujas cada dos porque se gastaban. A veces el disco se rayaba y la aguja daba un pequeño salto que estropeaba la canción, el problema se solucionaba poniendo encima del brazo una peseta (o cinco todo dependía del salto). Pero qué bien sonaba.
Con el tocadiscos venían tres discos: uno de Jorge Negrete, otro de Vicente Fernández y otro de la Tuna Compostelana (¡con un par!). Supongo que de ahí me viene la afición a las rancheras y corridos mexicanos. Creo que ya comenté que me encantan y que tengo una buena colección de esta música.
Hoy, para celebrar Santa Cecilia patrona de la música, os dejo la primera canción que aprendí de memoria y que formaba parte del disco del gran Jorge Negrete. Espero que la disfrutéis.

